22 de mayo de 2020, romance del penitente

 Era una noche de invierno, —fría como un carámbano

en que incluso a un esquimal —se le helaran los redaños

dejados al descubierto —por un descuido nefasto

tras una noche de juerga —y orgía por lo más alto.

Cuando volvía al iglú —para tomarse un descanso,

para la curda dormir —y aliviar el trabajo

al que el hígado infeliz —no daba casi ni abasto,

se encontró a la intemperie —a uno ya más que anciano.

de luengas y blancas barbas —un poquitín despistado.

—¿Qué hacéis por estos lugares —de manos de Dios dejados

en una noche tan fría —que hasta se hielan los pájaros?

Volved a casa, buen hombre, —volved a casa, anciano;

de quien se las sabe todas, —seguid el consejo sabio.

—Ya bien quisiera  seguirlo —como el cordero más manso,

replicóle aquel sujeto —ya casi perdido el flato,

si no fuera que un sin techo —soy cual lo llaman hogaño.

—Pues vaya una mala suerte —la que el destino os ha dado,

unos nacen con estrella, —otros nacen estrellados.

venid entonces conmigo, —voto a Dios, voto al diablo,

para ver si algún remedio —a vuestro mal encontramos,

aunque solo de momento —porque en mi casa sobramos

y compartir no podemos —el ya tan exiguo espacio.

Venid conmigo os repito, —por si nos las apañamos.

Ya en el iglú calentitos —y el cuerpo reconfortado

con un ponche de unas hierbas —por algún sabio inventado,

la brevedad de la vida —sobre el hombro nos lloramos.

—No me lloréis sobre el hombro, —díjome aquel hombre santo

pues lograréis que os crea —ido, beodo y borracho,

Era ermitaño aquel hombre —por un azar encontrado

que en soledades vivía —lejos del mundo el engaño.

Practicaba las virtudes —y el pecado le era extraño.

Contéle entonces mis cuitas —y todos los malos tragos

que en mi vida infeliz —por los que había pasado.

—Por Dios te pido, buen hombre, —siervo de Dios y mi hermano

por Dios y Santa María —y si hace falta algún santo,

me oigas en confesión — y me absuelvas ipso facto

pues la lujuria me inclina —a haber con mujeres trato.

Dime si peco en exceso —y debo ser moderado

o si el número no importa —si con acierto lo hago.

Dime por Dios la verdad —y dímela sin reparo,

si el que trata con mujeres —tiene el infierno ganado.

—Tener ganado el infierno —no te diría yo tanto;

quedarse en el justo medio —fuera lo más acertado

como el filósofo griego —hubiera recomendado.

Pero correr el peligro —de algún perverso contagio

de sífilis o gonorrea —eso ya fuera otro canto,

sobre todo si descuidas —el ponerte a buen recaudo

tomando las precauciones —que corresponden al caso,

la camisilla de látex —y algún spray por si acaso.

Derecho irás a la gloria —tras haberla disfrutado

en este pícaro mundo —de tan breve y corto plazo.

El que a los veinte no goza, —con treinta no se ha casado

y a los cuarenta no es rico —es un borrico y un asno.

Estando en estas razones, —se oyó una voz de lo alto

que al ermitaño decía: —«confiésalo ya, ¡so carajo!

y como a la Magdalena —Jesús en el libro santo

mucho le perdonarás —por haber mucho amado,

y dale de penitencia —sin excederte en el trato.»

Lo confesó el ermitaño —y lo absolvió del pecado

de hacer lo que Natura —a todos ha señalado

diciendo en el Paraíso: —creced y multiplicaos.

Pues no es otro de la vida—el fin y significado.
ser tan sólo un eslabón—de la cadena en el árbol.
Soy la Verdad y el Camino, —y soy la Vida, yo añado,
las palabras de Jesús —por fin parafraseando.






Enviar un comentario

nombre:
correo electrónico:
url:
Su comentario:

sintaxis html: deshabilitado