3 de agosto de 2020, romance del filósofo Espinoza

 Era una vez un sujeto—que Espinoza se llamaba,

curioso, inquisitivo—que falsedad no tragaba

y que por vocación—a veces filosofaba,

Sus padres eran judíos—que en España habitaban;

pero los Reyes Católicos—ya conquistada Granada

quisieron hacer limpieza—étnica ora la llaman,

y saber qué religión—los súbditos practicaban;

seguían a Constantino, —una creencia, una patria

bajo un solo dirigente; —la paz así aseguraba

en el imperio romano—que a la sazón declinaba.

De modo que consecuentes— y limpios de polvo y paja,

queriendo a sus territorios—que península llamaban,

a moros y a los judíos—de la nación expulsaban.

Primero en Portugal—paz y refugio buscaban

pero de nuevo expulsados—se trasladaron a Francia.

Tampoco allí los quisieron—de modo que para Holanda

al final se trasladaron—y hallaron por fin la calma.

Ser un judío no era—en época tal atrasada,

cosa que conviniera—ni cosa recomendada.

Se lo educó en un colegio—que judíos regentaban

donde la Torá aprendió—y lo demás que enseñaban.

Pero era listo aquel joven—y ya muy pronto pensaba

que toda aquella doctrina—no era más que una fábula,

así que se rebeló—contra sus maestros carcas,

que no admitían la crítica—de lo enseñado en el aula.

O aceptas lo que decimos—o te declaramos ‘raca’

que es lo mismo que maldito—en lengua judía franca.

¿Cómo el joven se atrevía—a oponerse a la manada?

Había que llamarlo al orden, —forzarlo a que tragara

tales ruedas de molino—con que todos comulgaban.

Para empezar lo expulsaron—de aquella Academia santa,

fuera anatema, dijeron,—maldito quien lo frecuentara.

Lo condenaron a muerte, —pero era un tío con ‘chamba’

que en todas las ocasiones —de sus trampas se zafaba.

¡Quién conociera una suerte—así de bien regulada!

No toleró aquel mancebo—imposiciones ni trágalas

en contra de su albedrío—y, de aprender, las sus ganas.

Dios o Naturaleza, —el hombre aquel cogitaba,

y sus correligionarios—idea tal reprobaban.

¿Cómo osa este blasfemo—darnos lecciones de nada,

y por su cuenta pensar—indiferente al que manda?

Publicaron pues un bando—que su figura execraba.

Mas él seguía a lo suyo—del burro no se apeaba,

que Deus sive natura—de decir no se cansaba,

y de su extraña manía—nadie apartarlo lograba.

Hartos de aquella locura—en que el sujeto ‘teimaba’,

(teimar: en gallego, emperrarse, no dar su brazo a torcer).

determinaron joderlo—poniendo a precio su estampa;

mas, qué si quieres, morena—todo servía de nada;

pues él seguía impertérrito—lo que razón le dictaba

hasta que un día cansado—de dar la murga y tabarra

a quienes empecinados—atención no le prestaban,

buscó refugio en Suiza—do benignos se mostraban

ante lo que con ardor—por doquiera predicaba;

más con algunas reservas: —que la fe no peligrara;

el calvinismo que entonces—en la nación imperaba.

Harto de peros y límites—y de que no lo dejaran

a su albedrío pensar—lo que le diera la gana,

mandó a todos a la porra—y se encerró en su casa

sin publicar una letra—mientras vida le quedara.

Torre de marfil magnífica, —soledad aristocrática.

Se murió a media edad, —la tisis lo devastara.

Quizá fue, la oposición, —de su dolencia la causa.

¡Cuánto costara a aquel hombre—tener en sí confianza,

estar seguro de sí—pese a las circunstancias!

Pese a las adversidades—que así lo contrariaban.

No es una cosa tan fácil—como quizá se pensara.






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