4 de agosto de 2020, romance de una condesa y su hijo

 Érase una condesa—que en su palacio condal,

se peinaba la melena—con un peine de metal

porque el cuerno escaseaba —y costaba un dineral,

y mientras así lo hacía —con actitud maquinal,

aprovechó la ocasión —para al hijo adoctrinar

que la miraba embobado —y no osaba rechistar

porque un complejo de Edipo —más grande que una catedral

le impedía oponerse —a la intención maternal

de ser verdad lo que dijo —Freud en su Viena natal:

—Dios te conserve, mi niño, —hasta que alcances la edad
en que a tu padre mal muerto—puedas tú mismo vengar;
porque a traición lo mataron —para hacerme enviudar,

y que pudiera de nuevo —libre poderme casar

con el tenaz pretendiente—que no me dejaba en paz

y que terco en su locura—a mi esposo hizo matar
cuando de vuelta venía—de la fiesta de San Juan

a la que había acudido—para alguna cana echar

al viento que le cuadrase—aquella noche fatal.

Estando en estas razones, —ved al moro regresar;

era el segundo marido, —aquel amante tenaz,

que saliera esa mañana—a un negocio cerrar.
—Necia mujer, imprudente, —no piensas antes de hablar,
esas calumnias que cuentas, —caras las vas a pagar;

primero te mato al hijo. —y después ya se verá.

Y llamando a dos criados, —que estaban a su mandar,

les ordenó perentorio —lo que os voy a contar:

—Id y matad a ese niño, —que no lo vea ya más;
y porque no quepan dudas —de que habéis muerto al chaval

y que a darme problemas —nunca jamás volverá

me traeréis como prueba —e incuestionable señal

su corazón palpitante —y que acabáis de arrancar,
y de su mano derecha —los dedos medio y pulgar.

Allá se fueron los mendas —sin ni palabra objetar

porque al que manda es preciso —obedecer sin chistar,

so pena de que se enfade  —y nos mande castigar.
Iba una perra con ellos, —pues era fiel animal,

y una idea les vino —para al destino burlar

y evitar que se muriera —sin merecerlo el rapaz:

ved en qué convinieron —para el abuso evitar:

—Mataremos a esta perra, —pues que a mano está;

la envió la Providencia —para impedirnos llevar
a cabo el crimen horrendo —que nada puede disculpar;

su corazón chiquitito —de un niño parecerá,
en cuanto a los dos dedos —que le debemos cortar,

si lo hacemos con cuidado —no se nos desangrará:
luego aquí lo dejamos — ¡y que Cristo haya piedad!

la sangre de un inocente —no queremos derramar.

Hecho lo que queda expuesto —no habiendo a hacer nada más,

volvieron a sus cuarteles —mas no sin antes lavar

las manos como Pilatos —tras a Jesús condenar.

Abandonado a su suerte —quedó pues aquel chaval

mas se dio la circunstancia —de que acertara a pasar

por el paraje excusado —donde tuviera lugar

lo que os llevo contado —un pariente del chaval

de vuelta de una aventura —con una moza legal,

una joven bien plantada —vecina de aquel lugar

y que al verlo allí perdido —no pudo que preguntar:

— ¿Quién te trajo aquí, sobrino, —a este monte y soledad?

le preguntó de inmediato —como otro en su lugar.

—Unos sirvientes del moro, —dispuestos a me matar

porque mi madre, imprudente, —lo hiciera rabiar

con sus palabras ociosas —que mejor fuera callar.
Lo coge el tío en sus brazos —y lo ayuda a cabalgar

en el ruan que él montaba —ya de regreso al hogar;
y siete años lo guarda —sin que eche nada a faltar,

lo mismo lo viste y calza —que le da de merendar.
Al cabo de los siete años —el joven rompe a llorar

-cual Magdalena dolida —de su promiscuo pecar-

sin dar cuenta del motivo —ni su dolor explicar.

Preocupado su tío —no ceja hasta averiguar

las causas de su aflicción —y raro gimotear:
— ¿Qué tienes, sobrino mío? — ¿A qué se debe tu mal?

¿Cayóte mal el mi vino —o te hizo mal el mi pan?
¿O mis criados acaso —te han llegado a faltar?

No vaciles en quejarte —ni quieras los excusar;

si los encuentras culpables, —los mandaré a pasear.
¿O lloras por una moza —que no se quiere entregar?

—No me hizo mal vuestro vino —ni me hizo mal vuestro pan;
ni a los criados se culpe, —non los mande despachar:
ni existe doncella alguna —que ose me rechazar:
es la muerte de mi padre —que está aún por vengar

la que terca me persigue —y me hace así sollozar.

—Eres muy joven, sobrino, —para las armas tomar,

y de cabeza meterte —en ese berenjenal.

—Aunque tengo pocos años, —me sobra virilidad,

-le respondió nuestro mozo —con grande vivacidad.
Dadme el caballo y las armas —que bien las sabré usar.
—Tengo jurado, sobrino, —ante de Dios el altar,
mis armas y mi caballo —a nadie las emprestar,

si no es por causa mayor —que me llevase a abjurar

de la promesa que hice —con juramento formal,

-respondióle el caballero —sin detenerse a pensar

en los efectos probables —de su rotundo negar

lo que el joven le pedía —con su acento más veraz.

El joven desque esto oyó, —sintió irse a desmayar,

pero su tío lo impide —y acude al mal remediar.
 —Arriba, garzón, arriba, —no hay que desanimar,

que si una vez lo juré —puedo también desjurar;
mis armas y mi caballo —estarán a tu mandar:
y aunque viejo, soy robusto —para en la empresa terciar.

—Nada de eso, mi tío, —dejadme solo afrontar

el combate que preveo —definitivo y mortal.
Sustituyeron las sedas —por el más tosco sayal
y así se echaron al monte —y al camino real.

Después de muchas jornadas —de marcha y de caminar,

llegaron a su destino —de aquel moro el hogar.
A las puertas del palacio —a punto están de llamar

cuando sale una criada —que los manda a pasear;

ni pobres ni mendicantes —bien recibidos serán,

pues el moro ha prohibido —so pena cruel y demás,

socorrer al que lo pide —y acude a limosnear.

—No se os ocurra, señores, —ni os atreváis a pensar,
que yo lo desobedezca —y haciendo mi voluntad,
a romeros de otras tierras —dé limosna y caridad.
Váyanse los pedigüeños —a llamar a otro portal,

-dice tajante la moza —sin querer nada escuchar.
 —No lo quiera el Dios del Cielo —ni la santa Eternidad,

-responden ellos al punto —le remedando el hablar

como el eco que resuena —en caverna o cavidad-
que sujetos bien nacidos —y de familia cabal

como la nuestra que honra —al que la tiene igual,

tomen albergue en posada —y al mesón ir a cenar;

si no nos dais provisiones —dadnos con qué las comprar.
 —Os daré lo que me cuadre —si dejáis de molestar,

les dice la maritornes —por su insistencia acallar.

Cuando estaban discutiendo —vuelve el moro de cazar

y los encuentra a la puerta —en esta disputa oral.

— ¿Cuántas veces te habré dicho, —sirvienta mía contumaz,

hasta quedar casi ronco —de insistir y tronar

que a gentuza de otras tierras —no se les da caridad,

a la canalla indigente —y pobretón personal?
Pero tú no me haces caso, —como si oyeras tronar,

pasas de cuanto te digo, —no me quieres respetar.

Mira que eres tramposa —terca, voluble y tenaz,

te enseñaré a obedecer —que no lo olvides jamás.

Y de un revés en la cara —los dientes le hizo volar.
El joven desque esto vio, —no se pudo sofrenar
y de un mandoble certero —mandó al moro a su Alá.

Llegaba ya la condesa —para el lance presenciar,

y dirigiéndose al dúo —no pudo que protestar:
—Vaya por Dios, esta es buena, — ¡me habéis hecho enviudar!

-se lamentó fastidiada —sin saber a quién mirar.

—Si vos no fuerais mi madre, —con vos hiciera otro tal,

dijo el mancebo irritado —ante tal deslealtad.

—No tengo hijo ni hija —ni que me ladre algún can;
porque a un hijo que tenía —mandólo el moro matar
y en un cofrecito guardo —su corazón puesto en sal

por evitar se corrompa —y lo tenga que tirar

al contenedor orgánico —como es ordenanza actual;
y de su mano derecha —guardo el dedo pulgar,

-les retrucó la condesa —que quiso hacerlos callar

aportando aquellas pruebas —por su discurso apoyar

ni tolerando su rango —no la dejaran hablar,

tener la palabra última —en la cuestión a tratar.

—El corazón que tenéis —es de una perra leal
y el dedo que me mostráis —es el que aquí veis faltar,

-respondióle aquel mancebo —que a su vez quiso probar

que le asistía razón —y no hablaba por hablar

y de la madre heredara —aquel carácter vivaz.

Por poco la condesina —no se cayó para atrás,

que ante tales noticias —se suele así reaccionar.

Y sin poder contenerse —lo comenzara a besar

y darle dos mil abrazos —y el rostro le acariciar

como se espera que haga —cualquiera madre ejemplar

que de dureza de alma — no quiera verse acusar:

conviene guardar las formas —y como cumple quedar.

Tales transportes y júbilo —fueran el nunca acabar

si yo no me apresurara —a poner punto final

a esta historia verídica —que os acabo de contar.






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