5 de agosto de 2020, romance de los teléfonos móviles

 Se han convertido los  móviles —en plaga y calamidad,

una adicción inquietante —dolencia y enfermedad.

Hasta en la sopa los hallas —pese a no ser su lugar.
No hay ya quien no tenga uno —y no se pueda pasar

sin consultarlo a menudo —y a todas horas hablar:
¡Manda carallo, señores, —ya no se puede aguantar
a tanta gente parlando —a través del celular;
si hasta se acuestan con él —y un soponcio les da

si por acaso algún día —él les llegara a faltar.

Si se lo olvidan en casa —los domina la ansiedad.

Hablan por él en la calle —mientras caminando van,

hablan en el autobús —sin la menor cortedad;
no les importe un pimiento —hablar de su intimidad

ante perfectos extraños —que los oyen chacharear

sin poder hacer otra cosa —que escuchar y callar.

Y los demás viajeros —hemos de soportar

lo que las bocas vomitan —con total impunidad,

con desvergüenza y franqueza —que te llegan a asquear.

Los hay de todos los precios, —y no se acierta a explicar
que 2300 euros —llegue alguien a pagar

por un cacharro de moda —que obsoleto quedará
antes que acaben los plazos —que se tuvo que firmar

para comprárselo a crédito —a una gran sociedad

como Apple o cualquier otra —que se prefiera nombrar .

Una noticia contaba —que un joven de una ciudad

allá en el lejano oriente —o China continental,

uno de sus dos riñones —a cambio de un celular

ofrecía al que de un trasplante —tuviera necesidad.

Si no es completa locura —muy poco le faltará.

Los hay incluso que ahora —se pliegan por la mitad
como un libro o monedero; —decidme la utilidad

de innovación semejante —que no se acierta a explicar.
Los hay que tienen de fotos —cinco cámaras o más
y asombrado me pregunto —quién las va a necesitar

para sacarle una foto —a una iglesia o catedral

o a cualquier monumento —que uno encuentre al pasar.
Las fotos que acumulamos —no volvemos a mirar

porque nos faltara tiempo —para las examinar.
Y vivimos inconscientes —de tanta absurdidad.

Hemos creado un sistema —que nos induce a gastar

dinero que no tenemos —sin que haya necesidad

en cosas con que queremos —a otros impresionar,

gente que no conocemos, —alguna amistad fugaz

a quien no importa un comino —lo que insistes en mostrar.

Estamos como regaderas —estamos locos de atar.

Recientemente ha surgido —una empresa criminal.

Son las bandas de ladrones —que tratan de te lo arrancar.

de las manos cuando sales —del metro o del autocar.

Ya se combate estos robos —con una rama especial

de policías nombrados —para esta modalidad

de crimen organizado —que no cesa de aumentar.
Y los millones de móviles —que van al fin a parar

al basurero de escombros —llamado antes muladar

y se amontonan sin nadie —que los quiera reciclar;
pese a que las tierras raras, —un componente esencial,

de la mena en que se encuentran —difíciles son de sacar.
porque están muy diluidas —en la roca o mineral

y contaminan un cacho —al quererlas separar.

Se ve incluso a las madres —calmar y tranquilizar

a sus bebés cuando lloran, —dándoles un celular,

lo que a la larga sin duda —tendremos que lamentar.

Si Dios no pone remedio —caro se habrá de pagar.






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