1º de agosto de 2020, romance del conde Flor I

 —Sal, mi marido, a buscarme—una mujer que me sirva:

estoy hasta las narices—de atender a la cocina,

y lo demás que haga falta, —me puede ya la fatiga;

si a complacerme te niegas—me cojo una berrenchina.

Ante razones tan justas—y con tanto aplomo dichas,

el moro no fue a cazar—tal como a veces solía;

poniendo a un lado sus gustos—dejándolos para otro día,
salió a buscarle a la mora—una cristiana cautiva;
no quiere mujer casada—ni tampoco prometida;
la quiere sana de cuerpo, —joven, lozana y garrida,

porque la ayude en la casa—y le haga a más compañía.

Por complacer a su esposa—sale el moro en correría

a tierras de los cristianos— a buscar una cautiva.
En el camino tropieza, —mira tú, quién lo diría,
al conde Flor, que estuviera—en Santiago de Galicia,
donde pidiera al Apóstol—un hijo o una hija;

le es igual uno que otra—un heredero precisa;
y atendida su plegaria—engendrado al fin lo había,

con lo que vuelve dichoso—de la santa romería.

Caminaba con la esposa—que vientre hinchado lucía.
Le ordenaron dejar—a la hermosa compañía

y regresar a su casa—sin decir esta boca es mía.

—Ni lo penséis, majaderos—hijos de perra bravía,

la compañía que traigo—por nada la dejaría,

respondióles altanero—como era justo y cumplía.

—Puesto que así lo prefieres—deja aquí mismo la vida,

que siendo nosotros muchos—no acepto la negativa.
Ya matan al Conde Flor—y a su mujer esclavizan,

olvidan la condición—que impuesto la mora había,

que no estuviera casada—ni tampoco prometida;

mas ¿quién atiende a minucias—cuando se impone la prisa

de complacer a una esposa—que nunca le perdonaría

a aquel asunto dar largas—y demorar sin medida?

Era esposa caprichosa—autoritaria, asertiva,

y tener la fiesta en paz—más que nada le valía.
Embarcan en un trirreme—aquella esposa cautiva

despliegan velas al viento—para llegar más aprisa

y por correo a la mora—la pronta llegada avisan.

Ved a la mora, contenta, —que estaba ya echando chispas

a causa de la tardanza—que al marido suponía;
no cabe en sí de gozo, —no puede con la alegría.

Llegando a puerto la barca—se adelanta a recibirla

y así saluda a la esclava—la saluda de esta guisa:

—Sed bienvenida, mi esclava, —joven, lozana y maciza,

al nuevo lar que os ofrezco—por hacerme compañía;  
si me complaces en todo—las llaves te entregaría

de mi palacio y hacienda; —de mi salón y cocina,

ama de llaves te quiero —atenta a la orden mía;
igualmente las del moro, —también tú guardarías.

— ¿Y qué me importan las llaves—de vuestra sala y cocina?
De no ser mi mala suerte, —las de mi casa tendría.

—Cierra la boca, mi esclava; —aprende a ser comedida,

que el que la tiene larga—mucho yerra y extravía;

además que no me gusta—una marisabidilla,

no me repliques, por tanto —si quieres larga tu vida.
Encinta estaba la mora, —la esclava encinta venía;
y por la gracia de Dios, —parieron el mismo día.
Un niño parió la esclava, —parió la mora una niña;
mas por deseo del ama—la partera los confundía;
dándole el niño a la mora—y la niña a la cautiva.

Dijo la mora a la esclava—dígame, esclava mía,

—En el bautizo inminente— ¿qué nombre dará a la niña?

—La llamaré por mi hermana—una tal Doña María,
que tuve antaño en mi tierra—y cayó también cautiva;

nunca más supe de ella— ¿Qué suerte le tocaría?
— ¡Caramba! ¡Qué coincidencia! —Esa su hermana, me diga,

¿Qué señas tenía en el cuerpo? — ¿En qué se la distinguía?

—En el costado derecho—un gran lunar le salía,
y su melena dorada—todo el cuerpo le cubría.

—Si esas señas son ciertas, — ¡Somos hermanas, querida!

también a mí me trajeron—de la lejana Castilla,

hace ya un montón de años—también he sido cautiva.

Mas puesto que eres mi hermana—y para que nadie diga

que no tengo corazón—y maltrato a mi familia,

desde este mismo momento—no eres esclava mía,

la libertad te devuelvo—para volver a Castilla

y allí vivir con los tuyos—feliz una larga vida.

—Te lo agradezco, mi hermana— ¡mira tú, quien lo diría!

mas siendo pobre y viuda, — ¿con quién me consolaría?

—Con tu hijo, el condesito, —que yo te reintegraría

puesto que soy bien consciente—de esa cruel tropelía

que se te ha hecho en mi casa—y de la cual eres víctima.
Eres libre cual alondra, —por no decir golondrina,

levanta el vuelo y dirígete—a tu lejana Castilla,

que los expatriados—padecen dolor y grima.
Quién los viera, cómo corren—por la llanura infinita

de vuelta a los patrios lares—el pequeñuelo y la chica,

que de emoción ya revienta—y llora como una niña:

—Hijo mío, pequeñín, —alegra esa linda carita,
que ya veo los palacios—donde tu padre vivía.






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