Pensamientos

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11 de septiembre de 2021, cuento número 7, sigue

sábado 11 septiembre 2021

 EL CRIMEN DE LAS ABEJAS

En el pueblo de Dolores

de la región valenciana,

de Alicante la provincia,

y de Denia la comarca,

sucedió que unas abejas

a un bebé se merendaran.

La tragedia espeluznante,

que no es para contada,

ocurrió sin previo aviso,

cuando nadie la esperaba;

y erizó la pelambrera

de cuantos la presenciaran.

A un cardiaco que en el pueblo

la primavera aguardaba,

por casi el canto de un duro

el corazón no le para;

y es que fue suceso atroz,

capaz de cortar el habla.

Unas abejas muy suyas,

de una flor en otra andaban,

y al servicio de su dueño

afanosas laboraban;

como conviene y le cumple

y tal como Dios lo manda.

En el mundo en que vivimos,

no come quien no trabaja;

y el operario, en servicio

del empresario se afana;

el empresario, que pone

con el dinero, la cara,

y corre el riesgo al hacerlo

de meter ambas las patas;

si mal le sale la empresa,

si el empresario la caga,

en lugar de enriquecerse

y hacerse una pasta gansa,

puede perder la camisa,

si es que camisa llevaba,

y verse en la puta rúa,

tan alto como ya estaba.

Él, que soporta las crisis

con mansedumbre que raya

en heroísmo y demencia,

por tu bien sólo se afana.

Si gratitud no le muestras,

de descastado te tachan.

Atienda, pues, el currante,

éste es el triunfo que canta.

Mas ya retorno al suceso

de las abejas macabras.

Era en banquera vecina

do los insectos moraban,

todos juntos y revueltos

cual común de baja laya;

como hippies y pasotas

y gente de igual calaña.

Treinta y tantas corchas llenas

aquel poblado formaban,

que por desidia del dueño

no se hallaban instaladas

cual en su texto disponen

las promulgadas pragmáticas.

Al propietario, el gobierno

el permiso denegara,

porque es cuestión peligrosa,

que no ha de ser tolerada,

poner las colmenas cerca

de las zonas habitadas.

Hay que ponerlas seguras,

a respetable distancia,

protegidas de gamberros,

de viento, cierzo y heladas;

hay que dejarlas en paz,

hay que cercarlas con vallas.

Hay que advertir a las gentes

que por allí acaso pasan,

con alarmantes letreros

y vigilantes dos guardias,

del riesgo que acaso corran

si no van bien pertrechadas.

De ropa a prueba de bomba,

de guantes, velos y máscaras;

de todos los adminículos

que el buen sentido señala,

pues los tiempos no te están

para sin seso jugártela.

Hace sólo un par de años,

unas abejas que estaban

igual que las asesinas

en este sitio de marras,

casi mataron a un hombre

y por muy poco lo capan.

Pero eran buenos insectos,

devotas, fieles cristianas,

y aconteciera el suceso

en una semana santa;

por abstenerse de carne,

sólo los huevos picaran.

Pasado aquel trago malo,

aquella chanza sin gracia,

el individuo del cuento

a su pesar arrastraba,

las gónadas descomunales,

por callejones y plazas.

Pero ninguno reía,

a nadie le hacía gracia,

puesto que todos a una

su compasión le mostraban

con comentarios a cuento,

incluso con tiernas lágrimas.

¿No me creéis? Os lo juro

sobre la Biblia sagrada.

Así sucedió la cosa,

por muy que parezca extraña.

Pues maravillas suceden

todos los días que pasan.

Recojo el hilo y regreso

a la historia que se narra.

El colmenar asesino

que utilizaron las Parcas

para los hilos cortar

de aquellas vidas tempranas,

hubo de ser desmontado.

por orden autoritaria.

Mas el remedio tardío

sirvió de poco o de nada;

porque unos días después,

un hombre de las Canarias

instaló en el mismo sitio

otras abejas novatas.

Tampoco pidió el permiso,

pues hizo sólo su gana;

cosa que a más de imprudente

también es cosa penada;

habrá de caerle el pelo,

si alguien lo denunciara.

Del caso que nos ocupa,

del que en la historia se narra,

ha de saberse que el dueño,

no más oyó la desgracia,

se personó diligente

de la familia en la casa

y se ofreció para todo

lo que de él fuera en falta.

Salvo a prestar el trasero,

a lo demás se prestara.

Dijo que por el dinero,

la cosa que no quedara.

Infelizmente a la niña

no puede resucitarla.

Que a los muertos no dan vida

cédulas hipotecarias.

Para enterrar el cadáver,

que ya un poquito apestaba,

acongojado su padre

diez mil pesetas prestadas

pidió a un sujeto algo raro

que en la vecindad paraba,

un individuo prudente

que las tenía ahorradas

por si algún día impensado

quizá las necesitara;

cuando llegaran aciagos

los tiempos de vacas flacas.

Humilde trabajador,

la paga sólo le alcanza

para ir comiendo y tirando

desde una Pascua a otra Pascua.

No puede comprar potitos

ni contratar a una chacha.

¿Indemnizarán al padre?

¿Honoris haránlo causa?

Creo que fuera lo justo,

lo que mejor le cuadrara.

Ese es el riesgo que corre

todo el que el sustento saca

de la miel de las abejas

 el suegro atento señala;

-pues aunque hay gente que dice:

las colmenas no son malas,

basta ver lo que pasó

con mi nieta infortunada

para pensar de otro modo,

para del sitio arrancarlas.

Un colmenar que se precie,

uno que Europa apoyara,

más de veinte mil abejas

mieleras tiene contadas

capaces de un homicidio,

de una desfeita o trastada

como la que ha sucedido

en estas tristes jornadas.

Terminan los comentarios

que la ocasión suscitara

entre vecinos y gentes

de la aburrida comarca.

Y entran ya en esta escena

las abejas barrabasas.


 

Pues amistosa la audiencia

en el romance halla gracia

prosigo con el relato

que a un pedernal ablandara.

 






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