14 de julio de 2020, romance de la Algarina

Tres hijas tiene el Rey moro, —tres hijas de rompe y rasga,
y la más joven de ellas, —sobre todas destacaba.
Un día estando a la mesa,—su padre así la llamaba:

—Ven, Algarina, a comer;—ven, que estás muy delgada

y pareces anoréxica—como una escoba tan flaca.

—Padre, ¡dejadme tranquila! —¡os digo que no tengo ganas

y que el cuerpo nunca miente—y que hay que hacer vida sana,

y atender a los médicos—que de ello la saben larga,

hay que aprender a comer, —la dieta mediterránea,

más legumbres y verduras—y menos carnes y grasas.

— ¡Habrase visto, la niña! — ¡Pues sí que es deslenguada!

¡Mira tú la sabihonda!— ¡Menuda universitaria!

Ya nos salió respondona—y de ingeniosa se pasa,

se cree ella la más lista—y se me sube a las barbas.

Va y le replica a su padre— ¡y aquí no ha pasado nada!

¡Por las de Zeus, no consiento—lecciones de una chavala!

¡Venid todos, mis sirvientes,—y en una torre encerradla

donde a nadie dé la murga—ni la interesante se haga;

donde nos deje tranquilos—y no nos dé la tabarra

con sus consejos prudentes—sus apotegmas y máximas.
En el cuarto más oscuro,—nido de ratas y arañas,

metedla en su compañía—sin darle tregua ni pausa,

para enseñarle modales—y a mantenerla cerrada,

a ser discreta y medida—a ser más prudente y sabia

y sin motivo no abrirla—sin ton ni son a soltarla

la lengua, ya bien se entiende—intelligentibus pauca;

que al que es inteligente—pocas palabras le bastan:

lo dijeron los antiguos—cuando en el mundo mandaba

la Roma de los romanos—y en latín todos hablaban.

Siguiendo con el relato—el padre aquel que se enfada

ordena a sus servidores—castigar a la rapaza,

sin excederse no obstante—ni pasarse de la raya

pues al que manda conviene—alarde hacer de templanza,

para llevar a su huerto—al que castiga y maltrata

y disfrazar de bondad—incluso el crimen que hasta

a los más recalcitrantes—diera asco y diera rabia;

nos lo enseñó Maquiavelo—cuando lecciones nos daba

de como el Príncipe debe—tratar a los que él manda,

debe hacerles creer—que en su bien sólo trata

cuando fingiéndose amigo—les da una puñalada.

Mucho se aprende leyendo—es cosa que a todos pasma.

Digo que aquel hombre cruel—ordenó que a la chavala

no le diesen de comer— ni siquiera una migaja

de lo sobrante en cocina—y hasta el agua negarla,

porque ayunando aprendiese—a obedecer sin chistarla.

Ya Algarina está sola—en su celda solitaria;

ya se duele y ya se queja—de aquel padre sin entrañas

que la atormenta y castiga—sordo a ruegos y plegarias

que conmovieran incluso—a las piedras de un Sahara,

si hay piedras en un desierto —cosa que no se me alcanza,

mientras planea tomarse—más que una justa venganza

de aquel padre que la humilla, —y con crueldad la maltrata.
— ¡Ay de él y sus esbirros! —¡Cara habrán de pagarla

si no les doy cien por uno—y les devuelvo en revancha

con creces lo que me hicieron, —sus abusos y trastadas,

y los obligo a dolerse—de obrar antes de pensarla!

Algarina está al extremo,—no puede ya con su alma,
llora que se las pela—derrama abundantes lágrimas

con las cuales copiosas—riega toda la estancia,

la pone toda perdida—encharcada e inundada;
y con las trenzas del pelo, —que a fe que las tiene largas.

teje una alfombra pa’l suelo—plagado de cucarachas.
Así termina la historia—de la joven desdichada.







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