14 de septiembre de 2020, romance de la joven vengativa

 Por aquellos campos verdes — ¡qué galana iba una niña!

Vestía saya de grana, —jubón broslado traía;
el zapato, de ante verde, —ocultas las partes íntimas,

que no conviene a una joven —exhibirse en demasía.

La tradición lo mandaba, —obedecerla debía,

aunque últimamente  —rebelde ya se sentía.

Atrás quedaba la época —en que ellas se sometían

a los caprichos del macho —mudas, calladas, pasivas.

¡Vivan los tiempos modernos! —El progreso se imponía.

Caminaba así pensando —y ya la sangre le ardía

soñando nuevas costumbres —estilos nuevos de vida.

¿Acaso no diera ejemplo —aquella lady Godiva

que atravesara el poblado —montando una yegua fina,

desnuda de arriba abajo —sin más que aquella cortina

que formaban sus cabellos —que hasta los pies le caían?

Puesto que ella lo hiciera, —imitarla ora cabía;

que es el cuerpo descubierto —de una joven bonita

espectáculo sublime —a ojos de quien la mira.

Qué sea, la joven, bella, —pues ¡nada más faltaría

que ya se viera en la calle —la fealdad exhibida!  

Aún hay límites, señores, —no todo tiene cabida.

Recuerdo ahora aquel caso —que en Madrid, la Corte y Villa,

sucediera hace ya años —y fuera la comidilla

de gente progre, ilustrada —bien situada, escogida.

Marta Chávarri, aquella moza —fuera la protagonista.

Sentada en una terraza —una tarde en la Gran Vía,

se tomaba un cafelito —o quizás una bebida

de las que estaban de moda —y la ‘jet set’ prefería,

sin bragas que le ocultasen —aquellas que partes íntimas

llaman los entendidos —que emplean palabras finas.

y se sentaba de modo —que cualquiera las vería

a poco que se acercase —y que aguzase la vista.

Coincidió a la sazón —que pasaba un periodista

a la caza de sucesos —y buscando la noticia.

Aquella lo era, y gorda —porque la moza dicha

estaba en el candelero —y era bien conocida.

Cogiendo al vuelo la chance —que del modo se ofrecía

sacóle al punto una foto —bien enfocada y explícita.

Como la Sharon Stone —en la famosa película

en que sus partes pudendas —deja ver al policía

que la está interrogando —en plena comisaría.

Se la ofreció a la ‘Interviú’ —de moda entonces revista

que la sacó en su portada —y se vendió cual rosquillas.
Aquella tarde agotó —tres tiradas sucesivas.

Mas volviendo a mi muchacha —su juventud seducía

por la frescura intocada, —sin afeites, genuina.
A distancia la mirara —un caballero a escondidas,

el cual venciendo aquel miedo—que la belleza imponía,

terminó por acercársele  —por ver qué de allí salía.
Paso a paso tras de ella, —llegaron a una fuente fría

de la que un chorro de agua —brotaba en la roca viva.

— ¿Adónde por estos prados—camina sola la niña?

—díjole aquel caballero —con la mayor cortesía.

—Puesto que queréis saberlo —y a mí no me contraría,

dispuesta estoy a decíroslo —y con detalle aun encima:

Que hoy se casa la hermana, —de una mi mejor amiga

y me ha invitado a su boda —y yo asisto complacida.

Ahí tenéis la respuesta —a la pregunta que hacíais.

Sin añadir más palabra —que a cuento no venían,

los dos bebieron del agua —y se van en compañía.
Mas a mitad de camino —y presa de la lascivia,

él se echa sobre ella, —comete una villanía,

la viola y la desflora —sordo a cualquiera justicia.

Satisfecho el apetito, —y al ver que nada sucedía,

no soplaban huracanes —ni rayos del cielo caían

en castigo de su abuso —atropello y demasía,

de los efectos del crimen —a salvo ya se creía,

y a regresar se aprestaba —allí de donde venía,

hete aquí que la doncella —una trampa le tendía:

—He de volver a la fuente —para lavar la inmundicia

de vuestro obsceno acto —de vuestra atroz villanía:

Os ruego me acompañéis  —para hacerme cortesía.

No se abandona a una joven —como cáscara vacía

de una naranja o pomelo —que tras chupados se tira.

Aceptó tales razones —sin ver en ellas perfidia,

aquel joven que tal vez —remordimientos sentía,

de modo que complaciente —hizo lo que ella le pedía.

Acompañóla a la fuente —sin ver en ello malicia,

sin sospechar que la moza —tal vez vengarse quería.

Que son ingenuos los hombres —y les basta una sonrisa

para caer en la trampa —que les tiende una mocita.

Ved a Judith y Holofernes, —se nos lo cuenta en la Biblia,

al filisteo Sansón —y a la perversa Dalila

y a la hebrea Deborah —que a Sísara decapita;

son otros tantos ejemplos —de vengativa malicia.

Eran de armas tomar —las bíblicas heroínas;

Detrás de aquel manantial —y apenas si percibida

se ocultaba en una grieta —que en el terreno se abría,

una roca berroqueña —antiguamente hendida

por una mágica espada —porque algún héroe un día

pudiera con ella hacer —prodigios y maravillas

nunca antes intentados, —nunca antes emprendidas.

Ora incrustada en la roca —aquella espada yacía

falta de hazañas que hacer —olvidada y preterida.

Llegan los dos a la fuente; —ella se aparta y la quita

con un esfuerzo supremo —de aquella masa granítica.

Cogióla con las dos manos — ¡Cómo temblaba de ira!
Se la metió por el pecho,  —por la espalda le salía.
Con las ansias de la muerte, —el caballero decía:

—Por donde quiera que vayas —no presumas, prenda mía,

de haber matado a un varón —por artes de brujería.

Que en una joven cual tú —de tu coraje y valía

fuera seguro demérito —y mucho de ti desdiría;

piensa en los tuyos, muchacha  —no pienses sólo en ti misma.

—¡Ni lo sueñes, caballero! — ¡Traga hasta el fondo la píldora!

pues compasión no tuviste —cuando el crimen cometías.

Le contaré a todo el mundo —semejante felonía,

porque sabiéndolo otros —tomen medidas precisas

contra ataques maliciosos —de gente cual tú lasciva.

Alabarme, caballero, —a fe que hacerlo sabría;
donde no encontrara gente, —a las aves lo diría.
Mas para que no me taches —de ingrata y no agradecida

al interés que mostraste —por esta joven sencilla,

que a fin de cuentas es una —de tantas como están vivas,

y para darte un consuelo —que apenas si merecías,

voy a decirte qué haré —tan pronto entregues la vida:

Con estos ojos tan bellos —tal como tú los decías,

he de llorar una muerte —tan prematura e imprevista;
como mortaja tendrás —mi ensangrentada camisa;
he de acudir a tu entierro —tomando parte en la fila;
yo misma abriré tu fosa —con esta espada mortífera,
sin olvidarme jamás  —de aqueste aciago día

en el que me arrebataste —lo más preciado que había.

Estando en estas palabras, —ved que llega la Justicia

y que pregunta a la joven —qué era lo que allí ocurría.

— ¿Quién ha matado a este hombre —con traidora alevosía

cual se deduce y se saca —de sus abiertas heridas?

—Señores, he sido yo, —una y mil veces lo haría

de repetirse la historia —que hace un rato sucedía:
aquí me dejó sin honra —y yo le quité la vida.

A una defensa tan firme —hecha con tal valentía,
todos a una responden: — ¡Viva la joven bravía
que se vengó de este modo —de quien forzado la había!




Comentarios

Very informative. Incredible post. I really like it.

enviado por At&T Net Email Login el 16 septiembre 2020 a las 06:41 AM CEST
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