18 de julio de 2020, romance de Delgadina VII

 Un rey tenía tres hijas —a cada cual más galana,

más atractiva y hermosa —más pimpollito y lozana.
Una, la más pizpireta, —Delgadina la llamaban,

era bella y virtuosa —y llena de encanto y gracia,

sin detrimento no obstante —de sus dos otras hermanas.
Un día estando a la mesa —su padre el rey la miraba

de un modo tal que la niña —a disgustarse empezaba.

— ¿Por qué me mira tan raro? — ¿Y qué será lo que trama?

se preguntaba indecisa —inquieta y más que amoscada.

—La cosa me da mala espina —me preocupa y enfada.

¡Qué me maten si lo entiendo! — ¡A ver quién la cosa aclara!

Y para salir de dudas —y dar reposo a su alma,

así dirigióse al padre —con voz medida y pausada:

— ¿Por qué me mira, mi padre, —de esa manera tan rara?

Su atención ¿a qué se debe? — ¿Tengo monos en la cara?

(Esta pregunta se hacía —en viejos cómix de España).

Dígame lo que pretende, —qué le ronda por el alma.

—Estás tan buena, hija mía, —tan cachonda y bien plantada,

que resistir ya no puedo —a tanto encanto y fragancia.

He de acostarme contigo —aun siendo una salvajada,

que bien sé lo que me juego —y el riesgo no se me escapa

de lo que puede ocurrir —si tú me echas de tu cama,

resistes a mis deseos —te niegas a mis instancias.

Pues en los tiempos que corren —de ideas tan avanzadas,

si un padre va con su hija— ¡menudo un Cristo se arma!

Cómo si un padre no hubiera —en el almario su alma

igual que cualquiera otro —que con él se comparara.

Hazte a la idea, por tanto, —hija mía de mi alma,

de que hoy mismo a medianoche —has de ser mía sin falta.

—Dios no lo quiera, el del cielo —ni la Virgen soberana,
que el padre que me engendró —me deje encinta y preñada.

Ya sé que puedo evitarlo —tomando antes en agua

uno o dos comprimidos —comprados en la farmacia

para impedir que una hembra —se quede embarazada;

o que uséis vos, padre mío, —un condón de los de Francia.

La idea nada me atrae —tampoco me ‘mola’ nada,

Irme a la cama con vos —y compartir las almohadas,

oh, padre mío adorado, —padre mío de mi alma;

que os tengo bien conocido —y de vos no espero nada,

ni ilusión, ni aventura, —ni lujuria desbocada

que me subiera a las nubes —y me dejara saciada,

como dicen que Clark Gable —dejó a Olivia de Havilland

en una mansión sureña —del estado de Alabama

de los Estados Unidos -la Carolina o Luisiana.
Prefiero a un hombre salido —que por mí haga burradas.

Y sin más contemplaciones —mandó a su padre a las habas.

No pudo él admitirlo, —que una mocosa de nada

con la leche aun en los labios —así rechazarlo osara,

de modo que recurrió —a medidas más bien drásticas.

Llamó a sus cuatro criados, —que para tal cosa estaban,

obedecerlo en silencio —sin poner pegas ni trabas,

e imperioso ordenóles —llevarla al monte y matarla,

no sin antes en la rueda —tenderla y atormentarla

estirándola con garfios, —azotándola con zarzas,

dándole su merecido, —hasta el extremo llevarla

con abusos y sevicias —y también ponerla en ascuas

en donde nadie la oyera —ni acudiera a sus llamadas;

si alzaba al cielo sus gritos —si por protestar le daba.
Para comer que le diesen —sardinas en bote y lata,
y de bebida tan sólo —un simple Kas de naranja,

y si aquello no bastase —agua bicarbonatada.

De tal modo aprendería —a mantenerla cerrada.

Se llevan ya a Delgadina, —ya se va la desgraciada,

sin que los lloros y quejas —con que los acompaña

despierten la compasión —y para nada le valgan;

a solas en el calabozo —riega el suelo con sus lágrimas

en tal medida que deja —toda la tierra empapada.

Era la escena tan triste —tan triste y desesperada,

que hasta al sayón conmovía —hasta al sayón consternaba,

lo reducía a pedazos —enternecía y ablandaba

Al cabo de ocho días —pasada ya una semana,

harta de la situación, —ya de sus llantos cansada,
determinó de buscar — maneras más adecuadas

de resolver el problema —a que entonces se enfrentaba;
—Debo dejar de quejarme, —se dijo a boca cerrada;
puesto que nadie me ayuda, —yo solita he de apañármelas.

Y sin más detenimiento, —ya la cabeza se rasca;
ya medita y ya cavila —ya se pregunta e indaga.
—En mi lugar ¿qué se haría?— ¿Qué cualquier otro ideara?
y una idea le vino —que la cuestión arreglaba.
A meditar entregarse —pensar en todas las chakras

que la doctrina budista —en el cuerpo nos señala
donde reside el dolor —do las angustias se calman.

Boecio lo había hecho —en parejas circunstancias;
buscar consuelo pensando —cuando negras las pintaban.
Hay que aprender de los sabios —que tales lecciones daban.




Comentarios

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enviado por run 3 el 22 julio 2020 a las 05:52 AM CEST
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