23 de julio de 2020, romance de la travestida

 Estaba un día un buen viejo—sentado en un campo al sol

cuando llegó a sus oídos—de una guerra el pregón.

—No quieren vivir en paz—hay que ver que necios son.

Prefieren ir a matarse—Dios les conceda el perdón.

Y pensando de este modo—le dio la una y las dos.

Menos mal que no me coge—viejo, cano y pecador,

ya han pasado mis tiempos—que otros la hagan, mejor.

(Que la vida en la galera—dela Dios a quien la quiera).
Y cuando volvía a casa—echaba una bendición.

— ¡Dios te guarde, esposa mía, —solaz de mi corazón,
que pariste siete hijas—y no pariste varón;

son pacíficas las hembras—como es justo y de cajón

y no necias alocadas—presas de la sinrazón.

Estaba así cogitando—tranquilo y en paz con Dios

cuando su hija más joven—por peteneras salió,

—No la bendigas, mi padre, —que fue más bien maldición

pues aborrezco mi sexo—me pesa mi condición;

más prefiriera ser macho—a quedarme en un rincón

hilando quieta la lana—o lo que se lleve hoy,

pariendo hijos en casa—rezando el rosario a dos;

dejadme ir a la guerra—como si fuera un varón,

puedo matar como ellos—nadie ha de darme lección.

Los tiempos han cambiado—no os mostréis cabezón,

lo que en un tiempo valía—no vale nada ya hoy,

mejor ir con la corriente—que darse a la cerrazón.

Cejad en vuestros esfuerzos—no os valdrá la oposición,

si no me dais la licencia—he de tomármela yo,

que ya soy más que crecida, —echado he el espolón

y contra viento y marea—impondré mi decisión.
Quiero marchar a la guerra—y disparar un cañón

para que todos comprendan—que valgo lo que un varón,

ya no se lleva hoy en día—la obsoleta distinción

entre los sexos de otrora, —no hay discriminación.
Compradme pues, de un soldado, —correas, botas, morrión;
dadme un fusil como el suyo, —dadme un jeep y un camión

y mostraré lo que es bueno—a tanto carca gruñón,

pues seré del feminismo— una sin par campeón.

—Conoceránte en los ojos, —hija, que muy bellos son.

— ¡Qué belleza ni qué cuartos!— ¡Sí que es antiguo este son!

Ay del varón que se atreva—a mirarme con fruición,

con un spray defensivo—le causaré un escozor

tal que nunca lo olvide—aunque viva un siglo o dos;

lo miraré con tal odio—cólera, enfado y rencor,

que deseará verse muerto—a enfrentarse a mi furor.

—Conocerante en los pechos—propios de tu condición.

— ¡Qué por los pechos no quede! — ¡Me desharé de los dos!

que para nada los quiero—y más que inútiles son

pues que no entra en mis planes—jamás tener un mamón,

los echaría a perder—no a la procreación.

Nada me hará renunciar—a mi determinación.

y como las amazonas—si lo exige la ocasión,

los cortaré de raíz—he de extirpármelos yo.

—Conoceránte en los pies, —de talla muy inferior.

—Me pondré botas de hombre—bien rellenas de algodón,

y acabaré la faena— llamándome Gedeón.
 —Haz como quieras, mi hija—no te haré oposición,
aunque deplore tus modos—de militar bravucón.

Ya se salió con la suya, —está ya en un batallón,

nadie sospecha su sexo—todos la creen varón,

nadie sospecha su sexo—ha logrado su ambición;

y tan rotundo es el éxito—de su mentira y ficción,

que se enamora de ella—un sargento maricón.
Porque de un tiempo a esta parte—los ‘gay’ han hecho irrupción

hasta en las Fuerzas Armadas—Terrestres o Aviación

de un país o República—provincia, estado o nación.

Ya a nadie avergüenza—su aberrante condición

y orgullo han de su otrora—nefanda desviación.

Un sargento afeminado—aprovechó la ocasión.

para los tejos echarle; —sus artes de seducción

rindieran hasta a la hembra—más dura y sin corazón

que imaginarse pudiera—bruja, mal bicho o dragón,

pero de nada le valen—ante el nuevo Gedeón

que lo fulmina mirándolo, —hay en su voz tal furor

que incluso se estremeciera—el más bragado matón.

Con el amor no se juega—no hay bromas en el amor,

lo mantiene ella a distancia—no le concede un favor

Antes muerta que casada—tal es su firme intención,

que se prefiere intocada—a ser de un hombre posesión,

y de los machos sufrir—la intolerable agresión,

antes de ser el objeto—de masculina pasión.

El sargento no se arredra—y pone en el asador

cuanto su saber le ofrece—de empeño, arte y fervor

sin avanzar un milímetro—ni obtener compensación.

Y así termina el suceso—cuento. decir, narración,

de aquella moza que quiso—equipararse al varón.

Que tal es el resultado—del ‘flirt’ con la confusión

y el imprudente desprecio—de innata disposición.






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