23 de mayo de 2020, romance de don Felipe

 Estaba un día un buen viejo sentado en un banco al sol,

cuando supo se anunciaba guerra y confrontación.

—Se preparan a matarse, a sembrar duelo y horror,

y deploro que la edad me condene a la inacción,

pues que en las venas me arde la sangre y la excitación

cuando a la guerra  nos llama el redoble del tambor.

Caminaba hacia su casa y echaba una maldición:

— ¡Malhayas tú, esposa mía, y nunca tengas perdón,

por parir a siete hijas y no parir un varón.

La más joven de entre ellas, tal maldición no sufrió

y enfrentándose a su padre furiosa lo amonestó:

—No la maldigas, mi padre, ni caigas en el error

de creer que por ser hembra valgo menos que un varón.

Valgo tanto o más que ellos, no tolero oposición,

y demostrarlo me cabe si se me ofrece ocasión.

Puesto que vos no podéis, yo haré la guerra por vos,

me vestiré de muchacho, tomaré las armas yo

y mostraré lo que es bueno a quienes sienten temor

de la sangre derramada, de causar muerte y dolor.

Compradme pues el equipo que exige mi decisión;

compradme una metralleta, un tanque, carro o cañón

y lo demás que haga falta, hacedlo sin dilación,

que el tiempo corre que vuela y perderlo es un error;

dejadlo todo en mis manos, no tengáis vacilación,

que sabré dejar bien alto el belicoso pendón.

—Conoceránte en los ojos, hija, que muy bellos son.

— ¡Que no me admiren por bella, mas por salvaje y feroz!

—Conoceránte en los pechos, que ya abultan un montón.

— ¡Mis femeninos encantos, no atraigan la admiración!

Ya trataré de ocultarlos, no paséis cuidado vos.

—Conoceránte en los pies, por la su talla inferior.

—Ya calzaré recias botas bien rellenas de algodón.

Ponedme un nombre, mi padre, acorde a mi condición.

—Te llamarás don Felipe, que así me llamaba yo.

Ya en medio de la tropa, ninguno la conoció,

si no es el hijo del Rey, que de ella se prendó

—Tal caballero, mi madre, doncella me pareció.

— ¿Qué os lo hizo pensar; qué que la duda sembró?

—Su modo de comportarse y su talante en la acción,

un no sé qué en sus maneras, su atractivo y dulzor.

El colocarse el sombrero y el atarse el cinturón,

sus pantalones vaqueros y lo gentil de su voz

—La invitaréis, hijo mío, a ir de tiendas con vos;

si como decís es hembra, lo hará sin vacilación.

El caballero es discreto, resistió a la tentación

y en vez de comprar vestidos una pistola escogió.

—El mirar de Don Felipe es de las almas ladrón.

—La invitaréis, hijo mío, a ir al lecho con vos;

si como decís es hembra, no lo hará sin condición.

El caballero es discreto, comprometerse evitó.

—El mirar de Don Felipe es cuál del alma un ladrón.

—La invitaréis, hijo mío, a disparar un cañón.

Si como decís es hembra, la asustará el bronco son.

El caballero es discreto, rompe a decir ¡voto a Dios!

— ¿Qué os sucede, Felipe, para decir tal jurón?

—Que mi madre está viuda y a mi padre alguien mató

con malas artes indignas de su noble condición.

Quiero salir a vengarlo, he de encontrar al felón

culpable de haberlo hecho, de alevosía y traición.

—Cuenta con ella Felipe, es sabia tu decisión.

Coge el caballo más ágil, sal a cumplir tu misión

y no regreses sin antes haber lavado el baldón.

Falta no hizo insistir, repetir la invitación.

Cuando la cuesta es arriba, corre como un ciclón,

y cuando va cuesta abajo, no lo alcanzara un tifón

—Adiós, adiós, camaradas, compañeros de labor;

siete años he servido la enseña de la nación

y otros siete la sirviera sin cambiar pabellón

de haber tenido la suerte de nacer macho y varón.

Oyóla el hijo del Rey, oyó su declaración,

y del amor en volandas salió en su persecución.

Llegada ella a su casa, la recibió una ovación

de los allí reunidos, la oveja al redil volvió.

Pide la rueca a su madre y se pone a la labor

como si todo siguiera como el día en que partió.

—Deja la rueca, Felipe, va contra tu vocación;

lo tuyo son las matanzas, lágrimas, sangre y furor;

vuelve a causar sufrimiento y no te arredre el dolor

que siembras por donde pasas, ni te aqueje la aflicción

del que se duele contrito del crimen que cometió.

Sostenella y no enmendalla, así lo exige el honor.

Tu enamorado te busca, lo enloquece la pasión

y llevado del impulso ya no le queda otra opción

que perseguirte sin tregua hasta donde quiera Dios;

el amor todo lo vence, nada resiste al amor.






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