Pensamientos

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24 de marzo de 2021, romance del Espinelo

miércoles 24 marzo 2021

 Estaba enfermo, Espinelo, —que en una cama yacía

tendido cuan largo era —doliente de una alferecía,

(que tal la llama el Quijote – la enfermedad convulsiva)

el testero era moderno, —pero las tablas, antiguas,

el colchón era de látex —proveniente de la China,

las sábanas que lo envolvían— eran de holanda más fina,

la colcha era de retales —dispuestos en una cuadrícula

que con amor le tejiera —su madre ya fallecida;

lo asiste a la cabecera — Mataleona, su amiga

que le da aire en la cara —con hojas de una revista.

Estando dale que dale, —esta pregunta le hacía:

—Espinelo, Espinelo, — ¡querido del alma mía!

El día en que tú naciste—la luna estaba crecida,

igual que un queso redonda,  —allá en el cielo lucía

indiferente a los sueños —que los mortales tenían.

Mucho quisiera, Espinelo, —que me contaras tu vida.

por pasar las horas muertas —antes de la amanecida.

—Así lo haré, mi señora, —con amor y cortesía:

mi padre era de Francia, —mi madre, de Lombardía;

los dos de familias nobles —y de vieja nombradía.

Mi madre como señora —mucha influencia tenía

en los asuntos del reino —y aquello que concernía

a las costumbres en boga —y la moda que regía;

y siendo además devota —nueva una ley proponía:

que si una mujer pariese —gemelos el mismo día,

se la acusase al momento —de traición y alevosía

y sin oír sus razones —la diesen a la justicia,

o que la echasen al mar —porque adúltera seria.

Quiso Dios y mi ventura —que le tocara la china

y que dos hijos pariera —gemelos en un solo día

lo que muy mal la dejaba  —y a la deshonra exponía.

y que aplicarle debieran —su propia y misma medicina.

Sin acabar de creérselo —que fuera ella la elegida

para una suerte tan dura —y tan poco merecida

a su entender se supone —sin que nadie la desdiga,

fuera a pedirle consejo —y uno no se lo explica

a una de sus sirvientas —que era mora y cautiva

y practicaba las artes —de la atroz nigromancía.

— ¿Dime qué haré, mi sirvienta, —por salvar la honra mía?

Y ella le respondiera: —Señora, ved lo que haría

estando yo en el aprieto —en que vos estáis cogida:

que tomases a tu hijo, —cualquiera de ambos valdría,

y lo echaras a la mar —en una arca bien limpia

tras tapar todas sus grietas —con el betún de Arabia

que brota en el medio oriente —a mansalva en demasía

para desgracia del mundo —que a su pesar lo sufría;

añadiréis a la barca —de tal modo construida

lo que podáis en dinero, —en joyas y pedrería,

para que quien halle al niño —lo acoja y dé bienvenida

y que lo adopte por suyo —y que le dé buena vida.

Cayera la suerte en mí —y en la gran mar me ponía,

la cual estando muy brava —arrebatado me había

y en tierra firme me puso —con el furor que traía,

a la sombra de una mata —que por nombre espino había,

de ahí sacaron el mío, —de ahí el mío deriva.

Me hallaron las servidoras —depositado en la orilla

de una princesa mora —que a bañarse acudía

igual que hallara a Moisés —del faraón una hija

en tiempos de Maricastaña —según se narra en la Biblia:

pues se repite la Historia —con terquedad que alucina

por más que los bienpensantes —por el contrario nos digan

que es mejor que no suceda —que la Historia se repita.

Me llevaron a presencia —del gran soldán de Turquía

que pese a su gran harem —hijo ninguno no había

pese a su gran desencanto —y a que tenerlos quería,

lo que algunos atribuyen —a incapacidad nativa.

Fuera un regalo del cielo —el gran soldán suponía

lo que mis padres hicieran —echarme a la mar bravía;

por lo que sin más pensarlo —su heredero me hacía.

Pues que se ha muerto el soldán —ora yo ocupo su silla.


 






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