29 de julio de 2020, romance de don Bueso, I

 Camina Don Bueso—la mañana es fría,

a tierra de Campos—a buscar la niña.
Hallóla lavando—en la fuente límpida.

— ¿Qué haces ahí, mora, —hija de judía?
¡Qué beba el caballo—que de sed moría!

—Reviente el caballo—y quien lo traía;
que yo no soy mora, —ni hija de judía.
Soy cristiana vieja—y aquí estoy cautiva
lavando los paños—de la morería.

—Si fueras cristiana, —conmigo vendrías
y de seda y paño—vestidos te haría;
pero si eres mora—te abandonaría.
La subió al caballo, —por ver que decía;
en las siete leguas—no hablara la niña.
Al pasar un campo—de verdes olivas,
sus quejas y lágrimas—el alma partían.

— ¡Prados de mi tierra!— ¡Prados de mi vida!

¡Cuando el Rey mi padre—plantó aquí esta oliva,
yo era pequeña, —era una chiquilla;
la Reina, mi madre—la seda torcía;
mi hermano Don Bueso—los toros corría!

— ¿Qué dices, mozuela? — ¿Qué me dices, niña?

¿Es eso verdad —o es una mentira?

Dime pues tu nombre—de quién eres hija.

—Soy la que aquí ves, —soy la Rosalinda,
y así me llamaron—porque al ser nacida,
tenía en el pecho—una rosa prístina.

—Pues mira qué cosas, — ¡mi hermana serías!

si son señas ciertas—esas que me indicas.

Llegando a su casa—llegando a su villa,

daba grandes voces—y todos salían

a ver qué pasaba—a ver qué ocurría.

— ¡Ábrame la puerta—mi madre querida

y preste atención—a lo que decía;
¡traer quise nuera, —tráigole su hija!

—Para ser tu hermana, — ¡qué descolorida!

— ¡Ay madre, qué injusta, —qué exigente y rígida;
que no tiene en cuenta—que yo no comía

más que amargas yerbas—de una fuente fría,
do cantan las ranas—y los sapos silban.
Metióla en un cuarto—la sentó en la silla

que antaño ocupaba —cuando era chiquita

y orden le dio —de estar quietecita

mientras la miraba —de abajo arriba.

—Me cuesta creer —que seas mi hija,

mucho has cambiado —estás muy distinta.

— ¡Mi jubón de grana, —mi saya querida,
que la dejé nueva —y la hallo hecha trizas!

se queja la moza —necia y consentida.

—Calla, hija, calla, —cierra esa boquita,
que las hay abasto —no seas quejica.

— ¡Mi jubón de grana, —mi saya querida,
que te dejé nueva—y la hallo rompida!

—Pues vaya un capricho. — ¡Esta hija mía…!
Aquí está tu madre, —que la repondría.
Caminó Don Bueso—uno y cualquier día,
a tierra de moros—a buscar la niña.






Enviar un comentario

nombre:
correo electrónico:
url:
Su comentario:

sintaxis html: deshabilitado