2 de agosto de 2020, romance del conde Flores, II

 A cazar sale el Rey moro, —ya sale de montería

una mañana de agosto—antes de romper el día,

(como hacía el Gattopardo—en su Sicilia nativa

cuando al noble reemplazaba—la naciente burguesía;

según contó Lampedusa—con singular maestría

en obra imperecedera, —de un gran autor concebida).

No iba sólo a cazar —mas también de correría

pues la mora le encargara —le trajera una cautiva
que fuera hija de nobles—o de una buena familia,

no una zarrapastrosa —de una cabaña salida

sin pedigree comprobado —y clara categoría,

que sin que nadie lo niegue —ya el refrán nos lo afirma:

quién a buen árbol se acerca, —buena sombra lo cobija.

Hallaron al Conde Flor, —de vuelta de romería
a San Salvador de Oviedo—y Santiago de Galicia;
a dónde fue acompañado —de una de sus dos hijas

que de él no se separa—y va adonde él le diga.

Los moros, sin más razones, —quieren que el conde se rinda

porque le llevan ventaja —ya que están en mayoría,

a lo cual él se les niega —pues ni por pienso lo haría.

—Sea como lo quieres, —le dice aquella partida

de desalmados guerreros —atentos a lo que iban,

y sin más contemplaciones —le quitan allí la vida
cortándole la cabeza —con la mayor sdangre fría

para meterla en un pozo —de una finca vecina

porque nadie la encontrara—ni de ella diera noticia,
mientras con piedras del campo—lo que quedaba cubrían.
Tras este crimen horrendo —maniatan a la hija

y allí mismo, sin más trámite, —de su libertad la privan,

que así suele suceder —sin que ninguno lo impida,

a quién por su mala suerte —le toque ser ya la víctima.

Como quería la mora, —ya tienen a una cautiva,

la meten en un navío —con rumbo a la morería
y ya salen a la mar, —aprovechando la brisa

porque el hierro hay que mallarlo—mientras al rojo brilla.
La mora, desque lo supo—salió alegre a recibirla,
montada en caballo blanco —y regiamente vestida,

que el nacido en buena cuna —debe mostrar cortesía.
La llevaron a palacio, —lloraba a lágrima viva

porque es duro nacer libre—y de pronto ser cautiva.
Encinta estaba la mora—la esclava encinta venía;
y lo quiso el Dios del cielo—ambas parieron un día

en que los buenos augurios—fortuna y paz predecían.
La partera era una bruja, —malvada hada madrina,

y atendiendo a su provecho, —por pedir al rey albricias,
usando de malas mañas—cambió niño por niña;
entregó el niño a la mora—y la niña a la cautiva.
La reina mora contenta, —levantóse al otro día:
la cristiana, acongojada—a los veinte aún no podía.

—Levántate, tú, la cristiana; —ve a bautizar a esa niña,

como mandan tus creencias—y te impone la doctrina.

Respondióle ella al momento — sin olvidar una sílaba:

— ¡Con lágrimas de los ojos—la bautizo cada día!

Si estuviera en mi tierra—eso es justo lo que haría
y le pondría de nombre—el de una hermana mía

que allá lejos en mi tierra, —en la remota Castilla;
se llamaba Blanca Flor, —igual que una margarita;

pero un día infortunado—en que a solas recogía

las hierbas para lavarse—de san Juan la mañanita,
cayó en manos de moros—que la llevaron cautiva

a do viven los paganos—a tierras de morería.

— ¡Vaya! ¡Vaya! ¡Lo que cuentas! — ¡Vaya cosa nunca vista!

Si no hay para pasmarse—no sé qué otra cosa diga;

esa hermana de que hablas, —dime ¿qué señas tenía?
—Tenía en el lado diestro—una verruga maligna,
y el pelo de la melena—hasta los pies la cubría

como según se nos cuenta—cubría a lady Godiva,

la esposa legendaria—de un reino de fantasía

en donde imperan las brumas—y vivieron los druidas.
 —Por esas señas, cristiana, — ¡eres tú la hermana mía!
Le echó los brazos al cuello, —llorando cual poseída,

que tales cosas suceden—muy raramente en la vida.
—Vete a la iglesia cercana—hoy transformada en mezquita,

y por tu propia mano, —bautiza pronto a esa niña,

porque de no hacerlo así—a una suerte la destinas

desventurada y mediocre—que nadie te envidiaría;

no sea que se nos muera—lo que del cielo la priva

y la condena a quedarse—en el limbo mientras viva.
Respondióle la cristiana: — ¡Dudo que el rito valdría,
porque renegar me hicieron—de mi madre y mi madrina,
de la leche que he mamado—y de la Virgen María!

—Yo te daré un barco de oro, —trinquete de plata fina,
y siete moros mancebos—que te lleven a Castilla:
y si con esto no basta—iré yo en tu compañía.
—Haríamos mala pareja—oh, la mi hermana querida,

porque yo soy renegada—y tú mora convencida;
yo renegué con la boca—de corazón no lo haría. 






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