31 de julio de 2020, romance de la joven desdichada

Era una vez una joven —caprichosa y malcriada

que sola en su habitación —las horas muertas pasaba

abstraída en sus ideas —pensando en las musarañas.  

Sus padres la reprendían —para que reaccionara:

—El tiempo corre, hija nuestra, —veloces los años pasan,

piensa en el porvenir, —no siempre serás muchacha.

Pero el esfuerzo era inútil, —sorda y muda se mostraba.

Cansados de sus intentos —y hartos de la chavala,

sin saber ya lo qué hacer, —la llevaron a un psiquiatra

y le pidieron ayuda —para saber qué pasaba.

Pero aquel hombre ignorante —tampoco sirvió de nada.

Lo que estudiara en la Escuela —era sólo pura cháchara,

conocimientos vacíos —palabras y más palabras.

Desgraciado de aquel —que alguna cosa esperara

de semejantes pedantes —gente necia y sin sustancia.

Desesperados al fin —aquellos padres sin tacha

llamaron en su socorro —a una tenida por santa;

le explicaron el caso —y el problema que enfrentaban

y ella les pidió que a solas —con la joven la dejaran.

En un sofá del salón, —hombro con hombro sentadas

la enlazó por la cintura —aquella supuesta santa

y la colmó de caricias —que a un muerto aun despertaran.

¿Quién resistiera a tal trato —que hasta a una piedra ablandara?

—Dime lo que te acontece —de par en par abre el alma

que aquí me tienes a mí —para hacer lo que haga falta.

Causa disgusto a tus padres —verte tan mustia y callada,

quieren que cantes alegre —y animes tan triste cara,

dime a mí qué te sucede —cuéntame lo que te pasa.

Ante palabras tan dulces —se derritió la muchacha.

Nunca en su perra vida —con tal dulzura le hablaran,

de modo que abrió la esclusa —a lo que dentro encerraba.

—Que no me hacen ni caso, —que no me tienen por nada,

que casi nunca me escuchan, —me riñen sólo y regañan:

que haga esto y lo otro —que de esto otro me apartan,

que cuál será mi destino — que de no hacerlo me aguarda;

hasta los moños estoy — y si de actitud no cambian

voy a hacer un disparate, —voy a hacer una burrada.

—Cálmate, chiquilla mía, —no lleves el gato al agua,

que nada dura cien años  —y tarde o pronto se acaba.

Obedecer a tus padres —no es una cosa tan mala

como al principio parece; —al contrario, es cosa sana

pues ellos quieren tu bien —si bien de manera extraña

que comprender es difícil —y a verlo uno no alcanza.

Es cosa de los pocos años —que con la edad se nos pasa.

Vayamos pues al principio —y háblame de tu infancia.

En qué lugar te criaste —qué trato fue el que te daban.

Allí vierais a la joven —deshecha en un mar de lágrimas;

igual que el perro y el gato —mal mis padres se llevaban,

reñían a todos horas —a mi madre él golpeaba,

era un infierno mi vida, —vivir en aquella casa.

Por la mañana temprano —a pelear comenzaban

y duraba hasta la noche —no sé cómo lo aguantaban,

los dos hermanos llorábamos —incapaces de hacer nada.

Sucedía esto en la aldea —donde los dos trabajaban.

Eran los años del hambre —que a la región asolaran

cuando al final de la guerra —de cero todo empezaba.

Un día a la media tarde —un pobre a la puerta llama

pidiendo algo de comer —pues nada había en su casa;

mi madre era compasiva —le dio de caldo una taza,

cuando el marido lo supo —casi de un golpe la mata

porque creyó que los cuernos  —de ponerle ella trataba.

Mi padre era irrazonable —y los celos lo cegaban.

Otro día en el tranvía —de insultos él la colmaba

ya no sé por qué razón, —aunque todos lo miraban.

indiferente al escándalo —que su actitud provocaba.

Yo viajaba con ellos —y todo lo presenciaba,

por un milagro del cielo —la vergüenza no me mata.

Mi niñez no fue feliz, —en cambio fue desgraciada.

—Los lodos que te atormentan  —vinieron de aquellas aguas,

-la mujer le dice entonces, —la mujer aquella sabia.

Y siguiendo de esta forma —día a día la escuchaba

y la muchacha infeliz —en ella desahogaba;

al cabo de pocos meses  —la joven se recobraba,

dejaba a un lado sus cuitas —y más vivaz se mostraba.

que tales son los prodigios —de dar desahogo al alma.







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