Pensamientos

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5 de enero de 2021, romance del conde Dirlos (termina)

martes 05 enero 2021

Don Roldán, cuando lo oyó —no lo pudo soportar,
no lo que el conde dijera, —que aun se podía aceptar,
sino porque odia el nombre  —que un puñado le dan,

se le revuelve la sangre —de oírse así nombrar,
porque los que mal le quieren, —para hacerlo rabiar
no tienen más que llamarlo —Renaldos de Montalván.
Herido en lo más vivo  —así le habló don Roldán:
—Soy contento, conde Dirlos, —y este mi guante tomad,
y agradeced que llegasteis —tan pronto y sin más tardar,
pues pesare a quien pesare —yo los hiciera casar,
desafiando a Gaiferos, —sobrino del mandamás.
—Calledes, dijo Gaiferos, —tened la lengua, Roldán,

por soberbio y descortés —nadie vos puede tragar,

que otros igual de nobles —defienden vuestro rival,

y yo faltar no les puedo —ni lo dejaré pasar.

Celinos es primo mío, —hijo de tía carnal,
mas también el conde Dirlos —en eso le es igual,
y por las mismas razones, —no le tengo de faltar,
no os saldréis con la vuestra, —vos queréis siempre ganar.
El conde toma aquel guante —y de la sala se va
seguido de don Gaiferos —al que le sigue Beltrán.
Triste está el emperador, —no puede que lamentar
que sus pares se peleen —y haya intranquilidad;

que en la corte haya disturbios —y reine la enemistad

o que sus nobles más próximos, —se lleven justo a matar.
Cuando  Renaldos lo supo —no pudo que se alegrar
y hacer gala de su orgullo —por no decir vanidad:
—Esforzado conde Dirlos, —os quiero felicitar

por lo que habéis decidido —que sólo honra os dará
si os enfrentáis en el campo —a Oliveros y Roldán.
Mas voy a pediros algo —que no me habréis de negar:
ya que Oliveros no es grande —ni menos lo es don Roldán,
no importa con quien luchéis —a vuestro honor le es igual;
tomad vos a Oliveros, —dejadme a mí don Roldán.
—Qué sea así, dijo el conde, —por eso no ha de quedar.
Cuando llegó a los oídos —de la gente principal
que el conde Dirlos vivía —y que estaba en la ciudad,
amigos y conocidos —lo quisieron festejar.
Apoyan al conde Dirlos —los que a Roldán quieren mal,
por lo cual a los dos bandos —veréis en armas se alzar:
mas si los doce quisieran —vivieran todos en paz;
pero nadie la defiende —y todo el mundo es parcial
salvo Turpín, arzobispo —y de Francia cardenal,

destacado en el esfuerzo —sobrino del mandamás,
tan sólo él pregonaba —la paz y tranquilidad;
mas ellos no le hacen caso, —es tanta su ceguedad,

les puede más el orgullo —que sensatez y verdad.

Van dueñas y van doncellas —a unos y a otros rogar

dejen a un lado las armas —para que vivan en paz:
pero de nada les sirve —quererlos apaciguar.
Uno de los más ofendidos —era el valiente Merian,
hermano de Durandarte —y de aquel que luchará,
aunque por diferencias —ya se dejaran de hablar.
desde que supo lo dicho —en el palacio imperial:
que si el conde más tardara —la boda hiciera aceptar

el jefe de todos ellos —y suprema majestad,
pesara a quien le pesara —y en contra de don Beltrán.
Por esto cartas envía —y expresa su malestar
diciendo que lo que ha dicho —no basta a lo disculpar,
pues aunque el conde faltara, —había que lo demandar.
El plante, al emperador, —causa profundo pesar:
da por perdida a la Francia —y a toda la cristiandad:
dicen que una parte u otra —con moros se ira a juntar.
El ánimo por los suelos, —no cesa de se quejar;
mas sus buenos consejeros —se aprestan a lo ayudar.
y le sugieren prudentes  —un gran remedio eficaz,
mande tocar las trompetas —y a todos mande juntar,
y al que no venga al momentto —traidor lo haga pregonar;
que ha de quitarle las tierras —y que lo hará desterrar;
mas todos son muy leales —y nadie llega a faltar.
Tan pronto juntos los tiene —empieza a los arengar:
—¡Esforzados caballeros! —¡Gente la más principal!
no hay lugar para discordias, —sólo si queréis las hay:
sois todos muy esforzados, —vuestra sangre es toda igual,
pensad que habéis de morir —y Dios os exigirá

dar cuenta de lo que hicisteis, —ante su alto tribunal,
no solo en causaros daño, —a vos y a la cristiandad,

mas también vuestras peleas, —disputas y enemistad.
Deciros quiero una cosa, —no vos vayáis a enojar;
que sin mi licencia en Francia —campo no se puede dar;
y tal campo no me place —y no os lo quiero dar,

porque no veo la causa —por qué os lo haya de dar,

ni hay vergüenza ninguna —que a nadie pueda tocar,
ni al conde han enojado —ni Oliveros ni Roldán,
ni el conde menos a ellos —porque se hayan de matar,
por ayudarse entre ellos — como es usanza actual.
Si Celinos ha errado —lo cegó la mocedad,
pues no ha tocado a la condesa, —no ha hecho tanto mal
que de ello merezca muerte —ni se la haya de dar.
Sabemos que el conde Dirlos —es valiente y principal
y entre los grandes señores —de los mejores que hay,
aquel que le causa enojo —se arriesga a lo enfrentar,
aunque fuese el caballero —mejor de la cristiandad.
Mas porque sea escarmiento —a otros de linaje igual
y que ninguno se atreva —ni pueda jamás lo imitar
si estimare su honra —su riqueza y bienestar,
hay que menguar a Celinos —y su grado rebajar;
no sea ya de los doce —uno igual a los demás;
cuando esté en cortes el conde —Celinos no estará,
ni do habite la condesa —él no podrá habitar.
Y esta honra, el conde Dirlos, —para siempre os la darán.
Don Roldán desque esto oyera —se apresuró a contestar:
—Más quiero perder la vida —que tal haya de pasar.
A su vez el conde Dirlos, —presto se fue a levantar
y con su voz más sonora —quiso la cosa aclarar:
—Puesto que así lo queréis, —os requiero, don Roldán,

a que en tres días de plazo —conmigo al campo salgáis;
si no, a vos y a Oliveros —cobardes os tildarán.
— Y aun si queréis, menos días, —me place, dijo Roldan.
Fueron palabras que a todos —no pueden que consternar,
dueñas y grandes señoras —casadas y por casar,
a pies de maridos e hijos —las veréis arrodillar.
La madre de don Gaiferos —se adelanta en suplicar,
como lo hace la hermana —del caballero Beltrán,
llora como una Magdalena —la esposa de don Roldán.
Retíranse entonces todos, —para irse a descansar,
los valedores a una —los quieren reconciliar:
—Es lo mejor, caballeros, —a todos apaciguar;
pues que no hay cargo ninguno, —todo de lado dejar.
Está de acuerdo y le place —el caballero Roldan,
poniendo una condición, —que todos han de acatar:
porque Celinos es joven —de quince años, no más,
y no le van bien las armas, —ni aun para pelear:
que hasta los veinte y cinco, —y aun en esa edad,
entre los doce no tenga —ni cabida ni lugar,
ni a la mesa redonda —se siente con los demás:
ni a la condesa o el conde —pueda jamás se acercar:
con veinte años cumplidos —pasada la mocedad,
si su honra lo exigiere, —que lo pueda demandar,
y que entonces por las armas —se defienda cada cual,
porque no diga Celinos —que era de menor edad.
Todos quedaron contentos, —del consensuado final.
Entonces el emperador —ordena a todos se abrazar,
todos están satisfechos —reina la cordialidad.
Luego al día siguiente —se quiere el fin festejar

y el emperador ordena —un gran festín preparar:
todos están convidados, —a nadie se echa a faltar.
Se afeita el conde las barbas, —el pelo se corta al ras,
la condesa se engalana —con lo mejor de su ajuar.
Los que sirven a la mesa, —por orden del mandamás,
son don Roldán, caballero, —y el otro de Montalván,
para ponerlos más cerca —y obligarlos a hablar.
Ya terminado el banquete, —previo al bailar y danzar,
se levantó el conde Dirlos —para aquel broche cerrar,
dando al emperador —lo que pudiera afanar

de las villas y lugares —y otra demás propiedad
arrebatada a los moros —del aquel rey Abderramán;
el emperador lo reparte —entre él y los demás,
sin olvidar a sus huestes —que merecido lo han.
Los doce alaban sin tasa —haberse impuesto al sultán.

De allí le vino gran honra —y mayor prosperidad.

 






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