6 de septiembre de 2020. romance de las Voyager I y II

 Hace ya tiempo enviaron—dos sondas los de la NASA

a visitar los planetas—que más lejos nos quedaban,

los planetas exteriores—como la Ciencia los llama

cuando indica los que rondan—del sol a mayor distancia.

Las Voyager I y II —tales las denominaban,

que lanzadas al espacio —los confines exploraban

de este sistema solar —que es nuestra actual morada.

Sólo una vez en dos siglos —esos planetas se hallan

dispuestos de tal manera —en sus órbitas lejanas

que se los pueda explorar—de una única tacada.

En los setenta por suerte —los tales se alineaban

en posición favorable —a la empresa proyectada;

ahora o nunca, dijeron —los que en la cosa trataban.

Convencieron al Congreso —de que el dinero acordara

para la audaz aventura —tan cara y descabellada.

¿A qué ir a los planetas, —que estaban en las quimbambas,

si aquí abajo en la Tierra—mucho qué hacer aún quedaba?

dijeron los más reacios—a meterse en tales aguas.

Pero la idea se impuso—sus partidarios ganaran

y sin perder un instante—en la obra se volcaran.

Convenía darse prisa— el tiempo los apremiaba,

alineados los astros—de estarlo pronto dejaran.

La ciencia era primitiva—si a la de hoy se compara,

pero obstáculo no fue—aquella grande ignorancia

a tamaño emprendimiento —a una empresa tan ardua.

Dicen que la memoria —con que al ingenio dotaban

era una fracción ridícula—de la que en serie hoy se implanta

en un teléfono móvil—incluso de baja gama;

en un reloj inteligente —o cualquier cosa barata.

Hasta el gadget más humilde—le diera ciento y raya.

En cuanto a la energía —que a la sonda alimentaba

nunca paneles solares—el problema solventaran

debido a la lejanía— a que el sol se encontraba,

de modo que recurrieron—a nuclear una planta

que de pequeño tamaño—a lo preciso bastara

tras aceptar el peligro —que hacerlo significaba

si por acaso en saliendo —aquel cohete estallara;

mas sin decir nada a nadie —a la cosa se arriesgaran

sin publicarlo en la Prensa—para no causar alarma

por si la gente, ignorante, —quizá el consenso no daba.

Inconvenientes son esos—de vivir en Democracia.

Se salieron con la suya —y ya las sondas lanzaban.

Como una seda fue todo—no hubo que lamentar nada

y directas a su objeto—las sondas ya caminaban.

Primero se lanzó una—luego la otra lanzaran,

pues objetivos distintos—a ambas se les trazara.

Una llegó hasta Júpiter—y de ahí se la encaminara

hacia el espacio profundo—y una estrella lejana

que alcanzará si es el caso—cuando la raza humana

se haya extinguido quizá—y de ella no quede nada.

En cuanto a la segunda—hizo lo que se esperaba,

visitó uno tras otro—y de una sola tacada

los planetas exteriores—de nuestra órbita plana,

la eclíptica en torno al sol—así la Ciencia la llama.

Júpiter, Saturno y Urano—Neptuno, Plutón y se acaba.

Cuando la Voyager II—de Plutón ya se alejaba,

sugirió darle la vuelta—y hacia la Tierra orientarla

que dejara tras de sí—el científico Carl Sagan;

se acertó sólo a ver—un punto azul a distancia,

un blue dot, nuestro hogar— la sóla Tierra habitada

de que se tenga noticia—diminuta y aislada.

A que seamos humildes—tal espectáculo llama.

Si por acaso algún día —alguna raza avanzada

de seres extraterrestres —diera con ella y la hallara,

se la ha dotado de un disco —en el que se detallan

los rasgos sobresalientes —de nuestra especie humana.

Nuestra apariencia y tamaño —nuestra música y palabras

con que nos decimos ¡hola! —nuestras canciones y fábulas.

De que algún día la encuentren —remota es la esperanza,

fuera como hallar la aguja —de un almiar en la paja.

Fue el ingenio artificial—el instrumento y la máquina

que más lejos ha llegado—de toda la Historia humana.

Después de 40 años—de carrera continuada

aún señales nos envían—de do se encuentran y pasan.

Han cruzado y trascendido—la que llaman heliopausa

que es el límite extremo —hasta donde el sol alcanza.

El cinturón de Van Allen —próxima cita cercana,

se halla a 300 años, —hasta allá 3 siglos faltan,

y durará 30.000 —la travesía que aguarda,

dejar atrás nuestro sol—y por fin hacer su entrada

en el espacio do reinan— las estrellas más lejanas.

300 millones de años—dar la vuelta a la galaxia

es lo que les costará—mientras el tiempo no acaba.

Existirán todavía—cuando la raza humana

se haya extinguido por siempre—y no alcance a imaginarla

ni una mente superior—que por acaso quedara.

Es idea que estremece—hasta el hondo las entrañas.

Somos seres contingentes—valemos menos que nada,

un episodio fugaz—de algo que nos sobrepasa,

y los autores no obstante—de tan magnífica hazaña.






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