13 de julio de 2020, Romance de Delgadina -II

 Tenía una vez un rey—tres hijas de fina estampa;

la más joven de las tres—Delgadina se llamaba.
Un día estando a la mesa—muy formalita sentada

entre su madre y su abuela—primas, tías y cuñadas,

alzó la vista del plato—y vio que el Rey la miraba:

Aprovechó la ocasión—pintan, a la ocasión, calva,

del teatro del absurdo—era, la cantante, calva,

la obra de Ionesco—que en los 50' arrasaba,

para decir a su padre—en voz la más alta y clara,

lo que a seguir os ofrezco—una invención nueva y rara:

—Que no os asuste, señor,—mi delgadez extremada,

que parezco un esqueleto—más que una moza formada;

es que no como ni duermo—ni acierto a dar puntada,

a causa de los amores—que me traen trastornada,

fuera de mí, ida y loca—rara y desequilibrada,

más demente que un cencerro—y más loca que una cabra,

extravagante y funesta—paranoica y desquiciada;

es que mi amante me turba—es que estoy enamorada.

Nunca tal cosa dijera— ¡que nunca así se expresara!

pues que a menudo aprovecha—mantenerla bien cerrada

porque los padres de antaño—a broma no se tomaban

de sus hijas la virtud—si era objeto de cábala;

y sin perder ni una coma—se dispuso a castigarla.

¿Cómo la tal se atrevía —a hablarle, la deslenguada,

de esta guisa atrevida—audaz y desvergonzada?

Tirarle hay de las riendas—retenerla y enseñarla

a comportarse cual debe—una joven de su casta.

—Venid, corred, mis criados,—venid y al punto encerradla

donde ninguno la vea—de donde ninguno salga,
en la torre más oscura—más lúgubre y más apartada

que se encontrare en mis tierras—que en mis dominios se halla.

Y de este modo tan cutre—quedó la suerte fijada

de aquella joven ingenua—tonta y atolondrada

que pensó que sus amores—a ella sola importaban.

Craso error el de la chica—que así a su padre enfrentaba

sin saber que cambia el tiempo—pero los usos no cambian.

—Piedad de ella no tendréis, —de bronce será vuestra alma

-siguió diciendo aquel padre—que con chiquitas no andaba

cuando una hija insolente—así lo contrariaba-

y ninguna de sus súplicas—capaz será de ablandarla.

Si compasión os pidiera—no la escuchéis y negádsela,

a sus palabras falaces—sordos seréis como tapias

de adobe o de perpiaño—de granito o roca blanca,

que todo aquel que se precie—de insensible hará gala

y se mostrará más duro—que un pedernal o esmeralda.

El que los tenga bien puestos—y tenga lo que hace falta,

no dejará lo conmuevan—de una lagarta las lágrimas.

Si os pidiese de comer,—reíros habéis en sus barbas

para hacerle comprender—que son sus jeremiadas

tiempo perdido e inútil—pólvora gastada en salvas.

Y si os pide de beber—la obligaréis a cerrarla,

para que no le entren moscas—cuando abierta la dejara.

Porque se muera de sed—y sueñe con beber agua.
Y si os pide otra cosa,—os negaréis a escucharla,

oídos sordos haréis—la mandaréis a hacer gárgaras,

como conviene y le cumple—siendo necias las palabras.

Y la encerraron al punto—en una desierta sala

donde no entraba la luz—más que de viernes en pascuas.

Faltaba una claraboya—un tragaluz o ventana,

siempre estaba en la sombra—nunca el fulgor penetraba

de una mala candela—vela, quinqué o una lámpara

de gas o de queroseno—o de un candil de hojalata.
Delgadina se asombró—de una oscuridad tan vasta,

nunca igual la conociera—jamás igual la catara,

que los espacios abiertos—fueran antaño su cámara.

Infortunada doncella—pobre y malaventurada,

merecedora de suerte—bastante menos amarga. 
Dejada sola y a oscuras—a meditar se entregaba,

¿qué puedo hacer, madre mía—para salir bien librada

del aprieto en que me encuentro—en esta lóbrega sala?

Para empezar pido ayuda—a Dios y a su madre santa,

omnipotentes que son—y capaces de arreglarla

la situación más difícil—más ardua y enrevesada,

¡Si ellos se encargan del caso—y en la cuestión toman cartas,

me zafaré de esta cárcel—saldré con la cresta alta!

Pues el que todo lo puede—puede lo que haga falta.
Así pensaba la joven,—se animaba y consolaba

mientras pasaban las horas—y la ayuda no llegaba.

Y para matar el tiempo—y que no se le hicieran largas,
pensaba en días mejores —cuando tan bien lo pasaba

en compañía del novio—de sus apuros la causa.
— ¡Maldigo de los amores; —quede de ello constancia!
Mejor viviera soltera—tranquila y sola en mi casa,

tomando el té con mis padres—y sin dar un palo al agua,

que complicarme la vida—con lo que no dura y pasa

en menos tiempo que un gallo—canta de madrugada.
Y en parejos lamentos—las horas se le iban rápidas.

De pronto inundó la celda,—una luz desmesurada

mientras a su alrededor—los ángeles se juntaban

para ofrecerle consuelo—y entregarle la palma

de aquellos pocos que mueren—porque en demasía aman,
Brotara de las paredes—una fuente de agua clara

cuyo rumor lisonjero—el ánimo le calmaba

mientras la mesa bien puesta—justo en mitad de la estancia,

a regalarse la invita—y echar al aire una cana.
Obra milagros la fe—mueve hasta las montañas,
pedid y se os dará—Dios y la Virgen no fallan

a quien con fervor les reza, —y en ellos la confianza
sin las menores reservas—deposita y pone a ultranza.
Así se acaba la historia—de la moza infortunada.






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